Daily Reflection: February 25, 2012

Saturday after Ash Wednesday

Is 58:9b-14

Ps 86:1-2, 3-4, 5-6

Lk 5:27-32

The readings for the day can be found here.

 

Cada año al empezar la Cuaresma me pongo a pensar en qué voy a cambiar, qué voy a dejar, qué voy a agregar de oración y caridad. Pronto me doy cuenta, que todo lo que esperaba hacer o no lo hago, o si lo cumplo, lo hago a medias. Quizás el problema es que suelo empezar la Cuaresma diagnosticándome a mí mismo de las flaquezas y debilidades que tengo y me auto receto el remedio, en vez de buscarlo en quien me conoce verdaderamente.

En el Evangelio de hoy el Señor nos dice que “no necesitan médico los sanos, sino los enfermos.” Esta imagen—Jesús el Médico—es una que nos enseña el verdadero propósito de la Cuaresma. Esta temporada es un tiempo en que el Señor nos diagnostica nuestras enfermedades y nos receta el remedio con el cual nuestras almas serán purificadas en preparación para la Pascua. Siendo un Médico bueno, Jesús se nos acerca con ternura y nos encuentra tal como somos. En este encuentro el Señor nos ve y nos llama a la conversión, al cambio de corazón que sólo su sanación puede lograr. Este encuentro se ve claramente hoy en la llamada de Leví. Primeramente leemos que “Jesús vio” a Leví en su condición actual “sentado al mostrador de los impuestos.” Desde aquí, Jesús lo diagnostica pecador y de inmediato le dice “sígueme”. Con esta invitación Jesús le ofrece el remedio que necesita: su amistad y su compañía.

En estos primeros días de la temporada de Cuaresma haríamos bien si a través de la oración le pidiéramos a Jesús que nos enseñe, como a Leví, en nuestras propias almas las enfermedades que Él quiere curar. Entonces, en vez de diagnosticarnos nosotros mismos, acerquémonos a este Médico Espiritual haciéndonos dóciles a su Palabra y dejándonos guiar durante estos cuarenta días hacia la sanación que recibiremos a través de su Pascua.

 

At the beginning of every Lent I look at the areas in  my life that I would like to change and then make decisions that would hopefully help me overcome particular habits. Inevitably, I burn out mid-Lent and hobble to the finish line; I usually end up blaming myself for a lack of drive and a mediocre effort to keep with my resolution. As I reflected on today’s Gospel, though, I realized that the problem isn’t in my conviction or discipline, but rather in the initial discernment that goes into deciding what I will give up for Lent.  In today’s Gospel, Jesus compares himself to a physician that has come to treat the spiritually sick. It is strange to think that any of us would choose to diagnose ourselves of our physical maladies rather than see a doctor. Instead of trusting in our own judgment we seek the professional opinion of a licensed physician. Hopefully, through his diagnosis and prescription our condition will improve. Not unlike a physical doctor, Jesus—the Divine Physician—can diagnose us of our spiritual maladies and prescribe the necessary remedies. Instead of starting this Lent with our own judgments of what we ought to fix, perhaps we should ask Jesus to show us within our own souls what He is interested in fixing. In these first days of Lent take some time to speak with Jesus as you would to a doctor about the health of your soul and listen to the suggestions He gives you. If we put these suggestions into practice over the course of these forty days we will be healthier and more disposed for celebrating the wonderful joy of Easter.

 

David Lugo, S.J. is a Jesuit scholastic in his first year of studies.

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